¡LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD!
¡LA IGNORANCIA ES LA FUERZA!
EL GRAN
Feliz año a todos...








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No sólo huele a tabaco
I
Me contaba mi abuela que don Pedro de Covarrubias viajó a Zacatecas por ahí de finales de los mil setecientos; compró la hacienda de los laureles -que le quitaron a mi familia en la Revolución- y se estableció aquí en México.
Nuca perdió contacto con su familia y casi cada año viajaba a Extremadura. De su vida ya no se sabe mucho, pero dicen que tenía gran afición por la lectura, que estudió unos años en Salamanca -era docto en los clásicos grecolatinos- y que hasta estaba escribiendo un libro sobre sus viajes en los barcos y los realizados en la Nueva España.
De su enorme biblioteca al parecer sólo se conserva un libro: la vida de San Felipe de Jesús. No es el texto que más me hubiera gustado, pero en mi pobre colección de libros es el más consentido. Me lo regaló mi abuela en mi cumpleaños, sus hojas están ya más amarillas que el tiempo, pero siempre presumo su primera página: “Impreso en Córdoba, en la imprenta de Rodrigo Salazar, en el año del Señor de 1808”.
El heredero de don Pedro fue su primogénito; Él luchó con los realistas y vivió casi toda su vida en San Ángel, que en ese tiempo aún era parte de los alrededores de la Ciudad de México. Su casa estaba en el ex-convento del Carmen... mi abuela aún recuerda las armaduras, las lúgubres escaleras y los tapices orientales que adornaban los muros de cantera. El libro que ahora yo tengo en mis manos llegó a estar ahí.
Esa casona fue el albergue familiar por muchos años; el abuelo de mi abuela fue un liberal en los tiempos de la reforma, fue poeta y terminó siendo mártir en Tacubaya; daba clases en san Ildefonso en los tiempos de Gabino Barreda.
A mi libro no sé si le tocaron aquellas tertulias que ella me cuenta, donde se reunían a platicar del mundo, de la literatura al ritmo del piano y del acordeón. Su abuelo era masón y los libros religiosos terminaron en las manos de un sobrino que emigró a Londres porque según él este país ya estaba perdido.
Después la historia se vuelve un tanto obscura, y no sé por qué razón la vida de San Felipe acabó en manos de la familia española y regresó a México en 1936.
Mi abuela conservaba ese libro de su madre y acabó conmigo en este siglo XXI.
II
México, D.F. 24 de octubre de 1996, dice. En sus primeros años estuvo guardado en una bodega inmensa junto con millones de compañeros de su misma serie. Luego lo transportaron en un camión blindado y fue a dar a una máquina expendedora, de la cual salió novato, brillate y sin arrugas. Primero fue discriminado -no tengo cambio, joven-, y no sabía por qué su dueño lo guardaba en ese lugar: olía feo, más cuando sentía la humedad del estres o del ambiente sudoroso de los asientos del transporte público.
Con el tiempo se fue acostumbrado. Fue cambiado, admirado, robado a punta de pistola y quién sabe cuántas cosas más. Estuvo en manos de una tortillera que celosamente lo guardó bajo su escote para dárselo a su amante, quien lo dejó discretamente en la carpeta de un policía de tránsito.
Los primeros meses fueron demasiado difíciles, tenía diferente dueño casi cada día y muchos de ellos le parecían francamente espantosos.
¡Si nos contara de todos los lugares por los que ha pasado llenaría más páginas que Borges! Una vez estuvo en manos de un escritor, luego fue a parar a una librería y en dos minutos era propiedad de algún otro literato; alguna especie animal con buen olfato aún rastrearía los olores del humo que lo impregnaron, desde esa fecha desdeña el tabaco y se ha hecho del rogar dándoles mala suerte a los fumadores; después de aquél se vio en manos de una puta, quien en una farmacia lo cambió por condones... lo dieron de cambio con la esposa de un canceroso, y de ahí le tuvo rencor a los judíos. Él no lo quiso devolver a su apacible hogar del banco y lo guardó por mucho tiempo bajo un colchón que apestaba a colonia barata, a sudores nocturnos y a formol.
Cuando por fin salió de ahí -el perro podría también rastrear el olor a muerto- fue separador de una revista de un puberto...
Esa fue quizás la etapa más nauseabunda de su historia... ya no sólo olía a culo, a cigarro y a muerto, sino que vivía entre semen seco y un par de tetas que únicamente le gustaban a la imagen de Sor Juana que tenía impresa.
III
Ahora ya no me importa que los de The Times cobren por ver sus archivos digitales. Yo tengo un libro que tal vez estuvo junto con las primeras ediciones de Sir Arthur, que entre los átomos de sus páginas tiene aún guardadas las conversaciones sobre los asesinatos de Jack, que fue desterrado varias veces de continente.
Lo leo y sus palabras no me importan tanto; yo se que lleva demasiada historia consigo, cambió de manos, de ideología, de tiempos modernos... escuchó demasiados secretos, ¡Si me pudiera hablar mi libro!
Amarillo, no sólo de alquitrán como sus colegas. Amarillo cansado, color silencioso... amarillo su final postergado, de guerra civil... de independencia. Amarillo como la piel de mi abuela, tinte de otoño, cerveza añeja...
Amarillo como mis dedos con filtro, sabia reliquia guardada en mi estante... amarillo mi libro viejo, como un billete, verde de doscientos pesos.
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Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.
Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:
-Te apuesto un peso a que no la haces.
Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:
-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:
-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.
-¿Y por qué es un tonto?
-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Entonces le dice su madre:
-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.
La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:
-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:
-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.
Entonces la vieja responde:
-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.
Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:
-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?
-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!
(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)
-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.
-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.
-Sí, pero no tanto calor como ahora.
Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:
-Hay un pajarito en la plaza.
Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.
-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.
-Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.
Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:
-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.
Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.
Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.
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