martes 10 de noviembre de 2009

No sólo huele a tabaco

Después de demasiados meses de ausencia he decidido desempolvar esta KaOs-lOg y seguir publicando en ella algunos textos. No es quizás el momento más propicio pues no tengo internet en casa y me robo una señal clandestina, pero mientras me permita conectarme seguiré subiendo entradas.
Luego de una ligera reelectura de los anteriores textos de este blog, me he puesto a pensar muy seriamente si borrarlos o dejarlos ahí en la papelera de la historia, tan sólo por morbo y quizás por rescatar algunas cosas, pero aún no lo sé...
Decidí mostrar este pequeño cuento que escribí hace un par de semanas, algo diferente a un proyecto en el que estoy trabajando que después les platicaré; en lo personal me ha gustado mucho y espero sus comentarios...

No sólo huele a tabaco

I

Me contaba mi abuela que don Pedro de Covarrubias viajó a Zacatecas por ahí de finales de los mil setecientos; compró la hacienda de los laureles -que le quitaron a mi familia en la Revolución- y se estableció aquí en México.

Nuca perdió contacto con su familia y casi cada año viajaba a Extremadura. De su vida ya no se sabe mucho, pero dicen que tenía gran afición por la lectura, que estudió unos años en Salamanca -era docto en los clásicos grecolatinos- y que hasta estaba escribiendo un libro sobre sus viajes en los barcos y los realizados en la Nueva España.

De su enorme biblioteca al parecer sólo se conserva un libro: la vida de San Felipe de Jesús. No es el texto que más me hubiera gustado, pero en mi pobre colección de libros es el más consentido. Me lo regaló mi abuela en mi cumpleaños, sus hojas están ya más amarillas que el tiempo, pero siempre presumo su primera página: “Impreso en Córdoba, en la imprenta de Rodrigo Salazar, en el año del Señor de 1808”.

El heredero de don Pedro fue su primogénito; Él luchó con los realistas y vivió casi toda su vida en San Ángel, que en ese tiempo aún era parte de los alrededores de la Ciudad de México. Su casa estaba en el ex-convento del Carmen... mi abuela aún recuerda las armaduras, las lúgubres escaleras y los tapices orientales que adornaban los muros de cantera. El libro que ahora yo tengo en mis manos llegó a estar ahí.

Esa casona fue el albergue familiar por muchos años; el abuelo de mi abuela fue un liberal en los tiempos de la reforma, fue poeta y terminó siendo mártir en Tacubaya; daba clases en san Ildefonso en los tiempos de Gabino Barreda.

A mi libro no sé si le tocaron aquellas tertulias que ella me cuenta, donde se reunían a platicar del mundo, de la literatura al ritmo del piano y del acordeón. Su abuelo era masón y los libros religiosos terminaron en las manos de un sobrino que emigró a Londres porque según él este país ya estaba perdido.

Después la historia se vuelve un tanto obscura, y no sé por qué razón la vida de San Felipe acabó en manos de la familia española y regresó a México en 1936.

Mi abuela conservaba ese libro de su madre y acabó conmigo en este siglo XXI.

II

México, D.F. 24 de octubre de 1996, dice. En sus primeros años estuvo guardado en una bodega inmensa junto con millones de compañeros de su misma serie. Luego lo transportaron en un camión blindado y fue a dar a una máquina expendedora, de la cual salió novato, brillate y sin arrugas. Primero fue discriminado -no tengo cambio, joven-, y no sabía por qué su dueño lo guardaba en ese lugar: olía feo, más cuando sentía la humedad del estres o del ambiente sudoroso de los asientos del transporte público.

Con el tiempo se fue acostumbrado. Fue cambiado, admirado, robado a punta de pistola y quién sabe cuántas cosas más. Estuvo en manos de una tortillera que celosamente lo guardó bajo su escote para dárselo a su amante, quien lo dejó discretamente en la carpeta de un policía de tránsito.

Los primeros meses fueron demasiado difíciles, tenía diferente dueño casi cada día y muchos de ellos le parecían francamente espantosos.

¡Si nos contara de todos los lugares por los que ha pasado llenaría más páginas que Borges! Una vez estuvo en manos de un escritor, luego fue a parar a una librería y en dos minutos era propiedad de algún otro literato; alguna especie animal con buen olfato aún rastrearía los olores del humo que lo impregnaron, desde esa fecha desdeña el tabaco y se ha hecho del rogar dándoles mala suerte a los fumadores; después de aquél se vio en manos de una puta, quien en una farmacia lo cambió por condones... lo dieron de cambio con la esposa de un canceroso, y de ahí le tuvo rencor a los judíos. Él no lo quiso devolver a su apacible hogar del banco y lo guardó por mucho tiempo bajo un colchón que apestaba a colonia barata, a sudores nocturnos y a formol.

Cuando por fin salió de ahí -el perro podría también rastrear el olor a muerto- fue separador de una revista de un puberto...

Esa fue quizás la etapa más nauseabunda de su historia... ya no sólo olía a culo, a cigarro y a muerto, sino que vivía entre semen seco y un par de tetas que únicamente le gustaban a la imagen de Sor Juana que tenía impresa.

III

Ahora ya no me importa que los de The Times cobren por ver sus archivos digitales. Yo tengo un libro que tal vez estuvo junto con las primeras ediciones de Sir Arthur, que entre los átomos de sus páginas tiene aún guardadas las conversaciones sobre los asesinatos de Jack, que fue desterrado varias veces de continente.

Lo leo y sus palabras no me importan tanto; yo se que lleva demasiada historia consigo, cambió de manos, de ideología, de tiempos modernos... escuchó demasiados secretos, ¡Si me pudiera hablar mi libro!

Amarillo, no sólo de alquitrán como sus colegas. Amarillo cansado, color silencioso... amarillo su final postergado, de guerra civil... de independencia. Amarillo como la piel de mi abuela, tinte de otoño, cerveza añeja...

Amarillo como mis dedos con filtro, sabia reliquia guardada en mi estante... amarillo mi libro viejo, como un billete, verde de doscientos pesos.




2 comentarios:

  1. de vuelta al blog y con un cuento que supera, creo yo los anteriores, espero que no dejes de nuevo en el olvido esto y sigas alimentando el universo virtual con letrejas.

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  2. Me gusta la primera parte y la relación con ese olor de libro amarillo, me gusta (como siempre) esa relación con toda esa historia, y san ángel, y Gabino Barreda, y tu amor irremediable por la península iberica, me gusto su texto, creo que exageró mucho la sor juanita (II) pero que más da!, es su blog y yo no me meto, un palcer volverlo a leer

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© Giancarlo Santano Omaña
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México, 2009